Castellano Català
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Un grupo de estudiantes de Geografía, estudiaban las Siete Maravillas del Mundo.
Al término de la clase, se les pidió hacer una lista de las que ellos consideraban deberían ser actualmente las Siete Maravillas del Mundo.
A pesar de algunos desacuerdos, la mayoría votó por lo siguiente:
Las Pirámides de Egipto.
El Taj Mahal.
El Gran Cañón.
El Canal de Panamá.
El Empire State.
La Basílica de San Pedro.
La Muralla China.

Mientras se hacía la votación el maestro notó, que una estudiante permanecía callada y no había entregado aún su lista.
Así que le preguntó si tenía problema para terminar de hacer su elección.
La muchacha tímidamente respondió. "Si, un poco. No podía decidirme pues son tantas las maravillas"
El maestro dijo: "Bueno, dinos lo que has escrito y tal vez podamos ayudarte".
La muchacha titubeo, y después leyó, Creo que las Siete Maravillas del Mundo son:
Poder tocar.
Poder saborear.
Poder ver.
Poder escuchar.
Titubeando un poco continúo:
Poder sentir.
Poder reír.
Y... Poder amar.
Al terminar de leerlas el salón de clase quedó en un silencio absoluto.
Es muy sencillo para nosotros poder ver muchas de las hazañas del hombre y referirnos a ellas como maravillas, cuando a veces pasan desapercibidas las maravillas que Dios hizo por nosotros y que son sencillamente "comunes".
¡Que hoy te acuerdes de aquellas cosas que son realmente Maravillosas!
Un día, una voz familiar en el teléfono me dice:
-Sal a la calle que hay un regalo para tí.
Entusiasmado, salgo a la vereda y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy "chic". Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado en pana bordó y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mí, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo... todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.
Entonces miro por la ventana y veo "el paisaje": de un lado el frente de mi casa, del otro el frente de la casa de mi vecino... y digo: "¡Qué bárbaro este regalo! "¡Qué bien, qué lindo...!" Y me quedo un rato disfrutando de esa sensación.
Al rato empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.
Me pregunto: "¿Cuánto tiempo uno puede ver las mismas cosas?" Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.
De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:
-¿No te das cuenta que a este carruaje le falta algo?
Yo pongo cara de qué-le-falta mientras miro las alfombras y los tapizados.
-Le faltan los caballos - me dice antes de que llegue a preguntarle.
Por eso veo siempre lo mismo -pienso-, por eso me parece aburrido.
-Cierto - digo yo.
Entonces voy hasta el corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde adentro les grito: -¡¡Eaaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende.
Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una rajadura en uno de los laterales.
Son los caballos que me conducen por caminos terribles; agarran todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.
Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de nada; los caballos me arrastran a donde ellos quieren. Al principio, ese derrotero era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.
Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.
En ese momento veo a mi vecino que pasa por ahí cerca, en su auto. Lo insulto: -¡Qué me hizo!
Me grita: -¡Te falta el cochero!
-¡Ah! - digo yo.
Con gran dificultad y con su ayuda, serenó a los caballos y decido contratar un cochero. A los pocos días asume funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.
Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron. Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero a dónde ir.
Él conduce, él controla la situación, él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.
Yo... Yo disfruto el viaje.
Hemos nacido, salido de nuestra casa y nos hemos encontrado con un regalo: nuestro cuerpo.
A poco de nacer nuestro cuerpo registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió. Este carruaje no serviría para nada si no tuviera caballos; ellos son los deseos, las necesidades, las pasiones y los afectos.
Todo va bien durante un tiempo, pero en algún momento empezamos a darnos cuenta que estos deseos nos llegaban por caminos un poco arriesgados y a veces peligrosos, y entonces tenemos necesidad de orientarlos. Aquí es donde aparece la figura del cochero: nuestra cabeza, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente.
El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son tus caballos.
No permitas que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque... ¿qué harías sin los caballos? ¿Qué sería de ti si fueras solamente cuerpo y cerebro? Si no tuvieras ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con sus emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje. Obviamente tampoco puedes descuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el trayecto. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe, y si se rompe se acabó el viaje.
(Jorge Bucay)

Un día estaba Diogénes comiendo un plato de lentejas, sentado en el umbral de una casa cualquiera.
No había ningún alimento en toda Atenas más barato que un guiso de lentejas.
Dicho de otra manera, comer guiso de lentejas sígnificaba que te encontrabas en una situación de máxima precariedad.
Pasó un ministro del emperador y le dijo: "¡Ay, Diógenes! Si aprendieras a ser más sumiso y a adular un poco más al emperador, no tendrías que comer tantas lentejas".
Diógenes dejó de comer, levantó la vista, y mirando al acaudalado interlocutor intensamente, contestó: "Ay de tí, hermano. Si aprendieras a comer un poco de lentejas, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador".
A. de Mello (El canto del pájaro)




"He salido a la calle abrazado a la tristeza.
Veo que no mira nadie y me da vergüenza y pena.
Los llantos desconsolados estrangulan las gargantas,
los ancianos encorvados; parece que la tierra les llama.
La justicia está arrestada por orden de la avaricia.
El dinero que te salva es el mismo que asesina.
No me déis más esperanzas, sé que todo son mentiras.
Sacos llenos de agujeros para guardar alegrías.
Soledad que te pegas a mi alma
en la dulce quietud de este campo de otoño,
no hay momento de sosiego,
rebeldía pura de amores sin amores.
Ilusiones puras y puros conformismos
intentando levantar el espirítu nostalgico
de querer estar contigo y nunca estarlo.
Volverás de vez en cuando a estas tierras agrietadas
y verás de nuevo a quien te ama borracho
de amores y libertades
y también de vino, por olvidarte, Ibiza.
Pero veréis sin duda resurgir de nuevo, poderoso,
al campesino sin miedo a leyes ni nostalgia,
y lo veréis caer una y mil veces
y levantarse con fuerza de su tierra.
Menos mal que con las excavadoras no se tapan las palabras. Gracias Fito.
Dedicado a la tierra que sentí como mía y ahora me arrebatan.
Salud señor Matutes, la tierra le llama."______________________________________
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Esta carta, escrita por Juan Francisco Rodriguez y publicada en la prensa local, describe perfectamente el sentir de muchos ibicencos por la destrucción y desolación que está sufriendo nuestra querida isla de Ibiza.
Gracias, por ponerle palabras a nuestros sentimientos.
"Podrán cortar todas las flores, pero no acabarán con la primavera." (Che Guevara)
